El “te deposité”: cuando un chiste revela una mirada sobre las mujeres
Estaba tomando té cuando un compañero hizo un comentario que, aunque pretendía ser gracioso, me dejó pensando:
— El té que más les gusta a las mujeres es el «te deposité».
Todos entendimos el juego de palabras. No se refería realmente a una bebida, sino al dinero que alguien deposita en una cuenta bancaria. Quizás para algunos fue solamente un chiste. Una frase más entre compañeros. De esas ocurrencias que provocan una sonrisa y, segundos después, parecen quedar olvidadas. Pero a mí me hizo pensar.
Porque los chistes, aun los más inocentes, muchas veces revelan ideas que hemos normalizado. Detrás de aquella frase había una pregunta que merece ser planteada: ¿Por qué todavía persiste la idea de que las mujeres estamos esperando que un hombre nos deposite dinero para poder vivir? ¿Por qué seguimos reduciendo a la mujer a la imagen de alguien que espera, recibe y depende?
Mientras algunos hacen bromas sobre el «te deposité», en la República Dominicana hay mujeres que se levantan antes del amanecer para trabajar. Mujeres que cumplen una jornada laboral y después continúan trabajando en sus hogares. Mujeres que estudian y trabajan al mismo tiempo. Mujeres que emprenden desde sus casas, venden a través de las redes sociales, administran negocios, dirigen equipos y ejercen profesiones.
Hay mujeres que pagan alquileres, colegios, servicios, alimentos y préstamos. Mujeres que sostienen negocios y hogares. Mujeres que acompañan a sus hijos mientras construyen sus propias carreras. Mujeres que cuidan de padres envejecientes y, aun así, continúan cumpliendo con sus responsabilidades laborales. Mujeres que, incluso cansadas, siguen adelante.
NO TODAS ESTAMOS ESPERANDO UN DEPÓSITO
Hay mujeres que reciben apoyo económico de sus parejas, y no hay absolutamente nada de malo en ello. El problema no es recibir. El problema aparece cuando esa realidad se convierte en una etiqueta y se pretende presentar a todas las mujeres como interesadas, mantenidas o dependientes.
Una relación sana también implica apoyo, solidaridad y corresponsabilidad. Lo cuestionable no es que un hombre aporte económicamente a una mujer ni que una mujer aporte económicamente a un hombre. Lo cuestionable es asumir que el valor, las aspiraciones o las motivaciones de una persona pueden reducirse al dinero que recibe de otra.
Por eso hay algo que debemos recordar: El valor de una mujer nunca puede medirse por cuánto dinero recibe de un hombre. Pero tampoco por cuánto dinero gana ella misma. Su dignidad no depende de un depósito, de un salario ni de una posición profesional. Su valor es mucho más profundo.
LA BIBLIA NUNCA PRESENTÓ A LA MUJER COMO INCAPAZ
Como mujer cristiana, me resulta especialmente significativo que la Biblia esté tan lejos de esa visión limitada de la mujer. Uno de los ejemplos más conocidos aparece en Proverbios 31, en la descripción de la mujer virtuosa.
Esta mujer no aparece sentada esperando que alguien resuelva su vida. Aparece trabajando, administrando, tomando decisiones, negociando, comprando, vendiendo, produciendo, cuidando de los suyos y utilizando sus recursos con sabiduría.
Proverbios 31:16 declara: “Considera la heredad, y la compra, y planta viña del fruto de sus manos.” Esta mujer observa una propiedad, evalúa una oportunidad, toma una decisión, compra e invierte. Hay iniciativa. Hay criterio. Hay capacidad administrativa.
Más adelante, Proverbios 31:24 añade: “Hace telas, y vende, y da cintas al mercader.” Es decir, produce y comercializa.
¿No resulta esto significativo? La Biblia no presenta la productividad femenina como una amenaza para el hombre, sino como parte de las virtudes de una mujer sabia, diligente y responsable.
Pero hay algo igualmente importante: Proverbios 31 tampoco reduce el valor de esa mujer exclusivamente a lo que produce. Habla de su sabiduría, su carácter, su temor de Dios, su generosidad y la manera en que conduce su vida. Ahí está precisamente el equilibrio.
UNA MUJER QUE PRODUCE NO DEJA DE SER MUJER
También existe otra idea que debemos desmontar: pensar que una mujer económicamente independiente necesariamente deja de ser femenina, pierde sensibilidad o ya no necesita a nadie.
Una mujer puede ser fuerte y seguir necesitando amor. Puede ser independiente y valorar la compañía. Puede trabajar y desear construir un hogar. Puede ganar su propio dinero y disfrutar de que su pareja tenga detalles con ella. Puede ocupar una posición de liderazgo y querer sentirse amada, escuchada, acompañada y cuidada.
Una cosa no anula la otra. La independencia económica no elimina la necesidad humana de amar y ser amado. Tampoco significa que una mujer quiera competir con un hombre.
Muchas mujeres no quieren competir contra los hombres. Quieren caminar junto a ellos. Quieren construir juntos. Quieren relaciones en las que ninguno tenga que disminuirse para que el otro pueda sentirse importante.
Cuando se trata del matrimonio, muchas aspiran a una verdadera corresponsabilidad: una relación en la que ambos aporten de acuerdo con sus capacidades, responsabilidades y posibilidades.
No se trata de determinar quién vale más. Se trata de entender que acompañarse no es competir y apoyarse no es depender.
EL PROBLEMA NO ES EL DEPÓSITO; ES LA GENERALIZACIÓN
Seamos sinceros: a todos nos gusta recibir. A hombres y mujeres nos agrada que alguien tenga un detalle con nosotros. Nos gusta sentirnos apreciados, atendidos y cuidados.
Sí, probablemente a muchas mujeres les agrade ver un depósito en su cuenta bancaria.
El problema comienza cuando eso se convierte en la definición de lo que supuestamente «más les gusta a las mujeres». Porque entonces dejamos de hablar de una broma y comenzamos a reproducir un estereotipo.
Y quizás aquí podamos darle un significado distinto a aquel «depósito». Porque puede ser que el depósito que muchas mujeres realmente están esperando no sea económico.
Quizás esperan que alguien deposite respeto. Que deposite lealtad. Que deposite responsabilidad. Que deposite tiempo. Que deposite honestidad. Que deposite compromiso. O, sencillamente, que deposite paz.
Porque también existen mujeres con dinero en sus cuentas, pero emocionalmente en bancarrota. Y existen mujeres que quizás no poseen grandes recursos económicos, pero tienen una enorme riqueza en valores, fe, familia, dignidad y propósito. No todos los depósitos llegan a una cuenta bancaria. Algunos llegan al corazón.
CRISTO NO REDUJO A LAS MUJERES A SU UTILIDAD
Desde la fe cristiana hay otra realidad que tampoco podemos ignorar: la manera en que Jesús trató a las mujeres. Cristo habló con ellas. Las escuchó. Les enseñó. Las dignificó. Las tomó en serio. Las hizo partícipes de momentos fundamentales de su ministerio.
En los Evangelios encontramos mujeres acercándose a Jesús, dialogando con Él, aprendiendo de Él, siendo restauradas por Él y dando testimonio de lo que habían visto y experimentado.
Jesús nunca determinó la dignidad de una mujer por cuánto dinero poseía, por su estado civil, por su posición social ni por lo que podía ofrecerle. Las vio como personas.
Esa afirmación sigue siendo profundamente necesaria. Una mujer no tiene que demostrar cuánto produce para merecer respeto. No tiene que demostrar que puede hacerlo todo sola para probar que es fuerte. No tiene que rechazar la ayuda de un hombre para demostrar que es independiente. Tampoco tiene que depender económicamente de alguien para sentirse amada.
Su dignidad no se negocia.
Quizás esa sea la reflexión que aquel sencillo chiste terminó dejando: el problema nunca fue el depósito. El problema es creer que allí está depositado el valor de una mujer.
CONTINUARÁ…