Cuando una mujer muere, toda la sociedad pierde

Hay noticias que, aunque se repitan, nunca deberían parecernos normales. Cada vez que conozco el caso de una mujer asesinada en la República Dominicana, siento tristeza, indignación y preocupación. No pienso solo en la vida arrebatada. Pienso en la familia que quedó rota, en los hijos que crecerán con esa ausencia y en una sociedad que corre el riesgo de acostumbrarse a una realidad que jamás debería aceptar.

Como mujer, como líder de una comunidad de emprendedoras y como ciudadana, me resulta imposible mirar hacia otro lado. Detrás de cada titular había una mujer con nombre, historia y sueños. Había una hija, una madre, una hermana, una amiga o una profesional con mucho que ofrecer.

La violencia contra la mujer no siempre comienza con un golpe. Con frecuencia, aparece primero en una palabra que humilla, en una decisión impuesta, en el control disfrazado de protección, en los celos presentados como prueba de amor o en el alejamiento de familiares y amistades. Poco a poco, el miedo ocupa espacios hasta hacer que muchas mujeres se sientan solas o convencidas de que no existe una salida.

Durante años se han promovido campañas, leyes y programas de prevención. Sin embargo, cada nuevo caso demuestra que queda un largo camino por recorrer. La responsabilidad no puede recaer solo en las autoridades. Aunque el Estado debe prevenir, proteger, investigar y sancionar, esta es también una tarea colectiva.

La prevención comienza en el hogar, cuando educamos a nuestros hijos e hijas en el respeto, la empatía y la resolución pacífica de los conflictos. Continúa en las escuelas, donde la educación emocional debe ocupar un lugar importante. También compromete a las iglesias, las empresas, las organizaciones comunitarias y los medios de comunicación, capaces de generar conciencia y promover relaciones saludables.

Necesitamos aprender a escuchar. No todas las mujeres que atraviesan una situación de violencia pueden expresar lo que viven. Algunas piden ayuda mediante cambios que pasan inadvertidos: se alejan de sus amistades, dejan de participar en actividades, muestran temor al hablar o justifican las acciones de su pareja.

Como sociedad, debemos reconocer esas señales. Debemos acercarnos sin invadir, escuchar sin juzgar y acompañar sin culpabilizar. Una pregunta formulada con cariño puede abrir una puerta. Una conversación oportuna puede convertirse en el primer paso para salvar una vida.

Pedir ayuda no es una muestra de debilidad. Es un acto de valentía. Romper el silencio requiere una fuerza inmensa, especialmente cuando existen amenazas, dependencia económica, hijos de por medio o temor a no ser escuchadas.

Ninguna mujer merece vivir con miedo, sentirse atrapada, vigilada o invalidada. Ninguna debería creer que el control, la humillación o la agresión forman parte del amor. El amor no lastima, no amenaza, no persigue ni destruye.

Este problema también interpela a los hombres. Su participación es indispensable para cuestionar los modelos de masculinidad que confunden el poder con el dominio, el amor con la posesión y la autoridad con la agresión. Necesitamos hombres que eduquen con el ejemplo y comprendan que una relación sana nunca se sostiene mediante el miedo.

Mi preocupación no nace solamente de las estadísticas. Nace de mujeres extraordinarias que sostienen a sus familias, dirigen negocios, estudian, trabajan, lideran comunidades y contribuyen al desarrollo del país. Cuando escucho una nueva noticia sobre violencia, pienso en ellas: en sus talentos, sus luchas y todo lo que representan.

No podemos permitir que la indiferencia se convierta en costumbre. Cada feminicidio debe ser un llamado urgente a fortalecer la prevención, mejorar los mecanismos de protección, atender las denuncias y garantizar acompañamiento psicológico, social y legal. Una mujer que denuncia no debería sentirse abandonada, cuestionada ni expuesta a un peligro mayor. Su palabra debe ser escuchada y su vida, protegida.

Sueño con una República Dominicana donde las mujeres puedan regresar tranquilas a sus hogares; donde ninguna madre tema recibir una noticia sobre su hija; donde las niñas crezcan sabiendo que su dignidad es inviolable y que el respeto debe definir toda relación.

Ese país no se construirá únicamente con leyes. Se construirá con educación, justicia, acompañamiento, responsabilidad y la decisión colectiva de no tolerar ninguna forma de violencia.

Porque cuando una mujer pierde la vida a causa de la violencia, no es únicamente su familia la que pierde. Perdemos todos: su talento, sus sueños, su trabajo, su amor y todo lo que podía ofrecer. Y mientras una sola mujer continúe viviendo con miedo, tendremos una tarea pendiente como nación.

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